jueves, 28 de octubre de 2010


ESTE FRÁGIL LUGAR DE LA MEMORIA


Por Hernando Guerra Tovar


La poesía ha elegido a Leonardo Padrón para decirle una palabra que ahora leemos en esta antología, con la alegría y el asombro de quien llega por primera vez a un lugar de revelaciones, milagros, silencios. Y no importa que la leamos una y otra vez, porque cada lectura es una visitación, un reencuentro, un renacer, como es dable a la alta palabra. El autor nos recuerda que la poesía está en cada cosa, en todo acto, pertenece a nuestro íntimo ser: estamos hechos de poesía más que de carne y hueso, somos en ella, en ella nos descubrimos, por vía de ella acudimos a la luz. Porque la grandiosidad, el egoísmo y la ostentación del hombre, han fabricado un mundo de falsas premisas, simulaciones, banalidades. Porque dioses de cemento y de metal han usurpado el lugar del sueño. Porque extraviados, escindidos, exiliados de la luz, la palabra poética acude en nuestra ayuda, llega a restituir nuestra condición de esencia, de espíritu, a restaurar nuestra más profunda realidad de ser.

Médium o poeta, oráculo o vidente, cronista o demiurgo, Leonardo Padrón asume esta vocación de luz desde su propia orilla, que enciende en mitad de la noche, insomnio prolongado en la hora, en la honda reflexión de un tiempo que va dejando huella en el cuerpo del silencio, de tanto grito, de tanto asfalto, de tanta calle por donde transita el hombre con su congoja, su tedio o su milagro. La memoria es aquí un recurso que, aunque frágil, da cuenta de la mirada del autor desde la terraza de Caracas y del mundo, en “la calcinarte ejecución de un poema”. Prontuario de iniquidades, que puede ser el tiempo percibido desde la verticalidad de un edificio, la horizontalidad de una avenida, de un cuerpo de mujer, o de la ilusión, la terrible ilusión de la muerte, se expresa en la Orilla encendida, Balada, Tatuaje, Boulevard, El amor tóxico, libros publicados entre 1983 y 2005, en un lenguaje que va de lo conversacional y cotidiano a lo profundo metafísico, una palabra que reinventa el mundo desde lo urbano a lo erótico, en constante exploración interior, buscando siempre “jirones de luz. / Aire, algo de aire”, en un mundo cada vez más contaminado, oxidado y tóxico.

Y mientras la vida se va oxidando por dentro y por fuera del hombre y de las cosas, al autor le corresponde, más allá de su propio dolor, –dura es casi siempre la misión del poeta- procurarle al lector fórmulas de apaciguamiento, de supervivencia, como “Poner algo de lluvia en un vaso. / Esperar dos o tres minutos que se asiente la arenilla de las nubes. / Luego ingerir, a tragos largos, siempre antes de dormir.” O “hacer de la noche un fervor, una religión, un aullido.” Es probable, sin embargo, que ninguna receta de sobrevivencia opere sin la consecuente voluntad del hombre, sin la necesaria convicción que nace de la fuerza interior, espiritual o mundana, sin ese rigor, tanto para la experiencia vital como para el hecho estético, contenido en la “Lírica”, enseñanza que raya en el arte poética, aunque aparentemente se aleje del sentido mágico o revelador propio de la poesía: “No se trata de sacudir los dedos y que entonces / aparezcan estrellas, estepas, estíos. / No es que uno se sienta y de los ojos caen / misterios, arrullos, otoños. (…) El rigor reside en rasgar la página / limar en lo blanco / excavar en ciertas zonas. De acuerdo al sitio elegido, así el poema.” La lírica, como lugar poético, acaece en lo más profundo del autor. Desde ese sentimiento se proyecta o se extiende, según ataque o bendiga, convidando al lector a tomar partido, a participar del estremecimiento de vulnerabilidad o fortaleza. En la obra del poeta Padrón, esta subjetividad de fuego, que a fin de cuentas comporta la mejor poesía en sentido estricto, está ligada a una decantada palabra amorosa, erótica, pero, así mismo, a una ambigüedad que agrada, capaz de ser huésped del sueño, del silencio, hasta el momento de la angustia existencial untada de mujer, olorosa a mujer: “Al final de la muerte / el leve gorjeo de una mujer. / Alguien / rasguñando la ventana”.

Cada uno de los libros que componen esta antología está impregnado de la dulce o feroz presencia femenina. La mujer ocupa en la obra del poeta Leonardo Padrón un lugar destacado. Aparece en todos los espacios y lugares, en el afuera y el adentro, en la sombra y en la luz, en el silencio, el susurro y el grito, en el sueño y la vigilia, en la presencia y en la ausencia, en el espíritu y el cuerpo, en el agua y la piedra, en la alcoba, el lecho o la intemperie, en lo rural y lo urbano, en la memoria y la desmemoria, en la certeza o en la duda, en Paris o en La Patagonia. Imágenes húmedas, fantásticas, reales, ilusorias, de amor o desamor, entre la vida y la muerte: “tu cuerpo es una luna violenta / que se me enciende en las manos / y me pregunta la vida”. (De La orilla encendida); Si prenden la luz / no me hallarán / (estoy en sus ojos, buscándome)” (De Balada); “A esa mujer le ocurren / pájaros blancos en el cuerpo”. (De Tatuaje); Una mujer que fue la víspera de mi caída”. (De Boulevard); “ninguna mujer callejeando en las palabras, / nada, / ni una sospecha de mujer, / ni una sola acrobacia que acabe en sus labios”. (De El amor tóxico).

El tiempo discurre por esta palabra de la mano del amor, “Has llegado tan impuntualmente a mi vida / que he decidido corregir todos los relojes / hacia tu posibilidad.”, del dolor, de la angustia, de la noche urbana, de la muerte como hallazgo o lugar o mirada; del nombrar fallido, culposo, existencial; y del momento mágico, esencialmente poético: “Cuatro, son las cuatro. El vagabundo insiste en que / son las cuatro. Una garza siempre lo visita.”

Palabra urbana que se solaza en la vastedad. La mirada del poeta es una aguda percepción de distancias, de calles largas, de edificios, de anodinos habitantes de una ciudad que puede ser Washington o Barcelona, pero siempre Caracas, la ciudad amada y odiada por parejo. Desde la terraza la ciudad es otra, un paisaje diferente colmado de viento azul se cuela por las ventanas de los apartamentos, en donde siempre hay alguien dispuesto a nacer o a suicidarse. Por esta suerte de crónica de lo citadino transitan entrelazados peatones, albañiles, truhanes, putas, buhoneros, poetas, desahuciados, viciosos; “la difícil belleza de las esquinas”; los crepúsculos sostenidos por grúas; “Los anuncios atribulados donde se agota el tiempo”; “cañerías y demencia, limosna y tráfico.” La ciudad como motivo poético, donde el hombre es presa de la soledad, del anonimato, del aislamiento. La ciudad vista desde arriba: “La ciudad al fondo, indeleble, como pintura de labios.” La ventana ocupa un lugar importante como símbolo urbano. Es un espacio amplio, por donde entra o sale el sueño: “En una ventana cabe una ciudad entera. (…) También, sí, también cabe la lluvia.” La esquina, los inquilinos, los “postes donde se aferran como grapas los vagabundos”, las autopistas, “el matinal entusiasmo de las catedrales”, los sótanos, el tráfico, el río que se vuelve caño, las plazas, los ascensores, el metro, los semáforos, la prisa; la recurrente ciudad, que puede ser Lima, Nueva York, Florencia o Paris, y Caracas, siempre caracas: “Caracas se derrama, como un lento blues de cemento”. Por esta ciudad como música “Una figura marchita, algo gibada, que camina invariablemente sola, por las calles poco transitadas,” representa el asedio de la visitante fatal, en el inquietante texto escrito en homenaje a Salvador Garmendia.

La poesía ha elegido a Leonardo Padrón para decirle una palabra mágica, colmada de aciertos, milagros, silencios. Una palabra que da cuenta del hombre y su entorno, la ciudad agitada en su adentro y su afuera, y que, seguramente, lo ubica en lugar privilegiado dentro de la poética latinoamericana. Llama la atención ese juego del poeta, que nos refiere, a través de una palabra elaborada, la interioridad del hombre, su oscuro recinto, su anhelo de luz. Vivimos el tiempo de la ceguera iluminada. La muerte transita por ella como una citadina más: “La oscuridad es un cuerpo precipitado”.

lunes, 11 de enero de 2010

La canción de los cuervos blancos, de Andrés Matías


Por Hernando Guerra Tovar


Andrés Matías (Armenia, Colombia, 1978) es un poeta que se solaza en los predios de la palabra oscura de un malditismo a ultranza. Iconoclasta e irreverente, convoca en su decir poético las fuerzas del mal desde la más profunda interioridad, a manera de proyección, catarsis o conjuro, a partir del simbolismo de Poe, Baudelaire, Rimbaud, Verlaine; en la demencia y precocidad de Lautréaumont; o en la vanguardia de un Vallejo enfermo de la patología lluviosa de Dios.

En un momento de la modernidad en que los poetas enmascaran el sentimiento, Matías irrumpe expresando su sentir sin concesiones ni recatos, al contario, dejando ver su desagrado, su disgusto existencial de manera tajante, gozando en su provocación de vuelo y caída, como lo anuncia el narrador colombiano Roberto Burgos Cantor: “Es probable que Andrés Matías, contestatario de convicción, publique ahora sus poemas como quien arroja pequeñas esferas de cristal en el escenario. Las arroja no con la intención traviesa de hacer caer a quienes las pisan. Las arroja con la esperanza rabiosa de que quien no quiera estrellarse contra el suelo mueva los brazos y aprenda a volar”

La canción de los cuervos blancos (Editorial Cubik, Buenos Aires Argentina, 2008), contiene treinta y siete textos de factura encomiable, en donde lo culto se enlaza con el más profundo sentimiento de desnudez y desamparo, de delirio y revelación, de apostasía y silencio. Andrés Matías es, en este sentido, un rebelde con causa, un anarquista que recorre Colombia y Suramérica con su figura esbelta y su mirada crítica, percibiendo de manera atenta y disgustada las banalidades y bajezas del medio que le correspondió en desgracia, en una región del mundo que se debate entre la ignorancia, la barbarie y la más abyecta corrupción. La metáfora del cuervo blanco es así una bella ironía posmoderna, neodecadentista y neorromántica, en un espíritu independiente, que no deja de estremecerse, no obstante, ante el sentimiento amoroso: “Tu ojo sobre el mío es una flor.” O, “El beso sin amor sabe a boca.”

Un delirante juego cromático, una sinestesia recurrente, un sentimiento de orfandad y miseria, un percibir etéreo, evanescente, un discurrir de música que se pudre entre el vaho y el moho de la muerte, un grito en el medio de la noche del cuervo blanco como “ataúd de fuego”, un milagro oscuro entre la luz, un cadáver de flor y miel y mucho más, es la palabra de este poeta visionario del abismo, de la pérdida, del holocausto del principio antes del fin, del pecado vegetal del conocimiento, de la sinrazón del ser, de la ebria lucidez de la caída.

Pero este hacer iconoclasta no aparta al poeta de la responsabilidad de un lenguaje depurado, como tampoco le impide la elaboración de una palabra compleja, que aborda el misterio propio de la poesía, sin el cual caería en el panfleto o en el simple discurso político o moral, nada más ajeno al propósito del autor, quien se adentra en los territorios de la lírica intimista y sugestiva, de dolorosa tiniebla: “Nunca tuve infancia, nací enfermo; ni un cielo raso para tutelar mis redes, ni un dátil de mieles gratas, ni un vaso de agua sin barro de Galilea, no tengo nada, sólo esta palabra que ahúma en los arenques de las costas del pacífico y que juega con los niños y los perros y que como ellos sabe perseguir la lluvia;” (…)

La sinestesia como recurso simbólico es en Matías la herramienta a través de la cual logra expresar su vuelo cromático, su transgresión y transmutación del sentido lingüístico, la polifonía necesaria de esta palabra que se adentra en las simas del ser y del decir, en ese lugar del verbo que linda con el silencio: ¿”De qué color es el sonido de la lluvia en el bosque de los cuervos blancos? Esta imagen contiene un uni-verso de matices, fracturas y dislocaciones que deleitan y sumergen al lector en variadas y ricas ondulaciones meditativas. La lluvia como elemento de misterio. Acaso podamos explicar, de manera razonable, científica, el fenómeno de la lluvia, pero aquí, y en ello consiste precisamente el milagro de la poesía, el autor funda un nuevo territorio de aprehensiones, de sutilezas y variables, de ensimismadas formulaciones. El color, el sonido, la lluvia, el bosque, el cuervo, lo blanco. El cuervo, que por naturaleza es negro, en la poética de Matías es blanco y habita en un bosque donde la lluvia debe tener un color singular. ¿Cuál es ese color? Trakl, desde su expresionismo, nos dijo, de manera tajante, que “Oscuro es el canto de la lluvia.” Pero, a diferencia del poeta de “Revelación y caída”, la lluvia de Matías está circuida al territorio del cuervo blanco, lo que presupone un color ideal. Esta meditación poética conlleva una nueva imagen de la luz, donde tánatos aparece como protagonista: “Una luz de muerte es la lluvia en el bosque de los cuervos blancos,” (…)

La misión del poeta es nombrar, fundar el verbo en la nada del vacío, en la brecha que existe entre una imagen y la otra. Ahí, en ese espacio cubierto de maleza, crece una flor que el poeta cuida y riega cada noche. Es la flor del silencio que viene de la piedra, que se nutre de la piedra donde habita el olvido. En la obra de Matías hay muchas flores como blanco, como ausencia, como herida en la pupila del amanecer. La función del poeta es nombrar esa flor para que nazca la palabra y se haga la luz. El propósito del poeta es reinventar el mundo, hacerlo tangible, mirable, aprehensible, sonoro, y ello sólo se logra a través del silencio: “Si un día te levantas con la pupila herida / deja que en su luz muera tu última flor. / Al comienzo leerás: todo es obscuro / como esas tardes que usan los domingos. / Luego oirás crecer dentro de ti / el silencio.

La flor, la pupila, el olvido, la mirada, lo oscuro, la luna, el agua: itinerarios del sueño del poeta antes que el cuervo “perdiera la guerra contra el sol.” Caminos recorridos desde la inocencia de toda la blancura. Génesis del poeta antes de la tiniebla, cuando era un cuervo, sólo un cuervo más en los azules jardines del deseo. El blanco y el silencio son en este poemario uno y lo mismo. El poeta, cuervo redimido de la noche, recorre Suramérica, acaso buscando el pliegue de sus alas negras, tal vez evocando “las blancas colinas del silencio.” El cuervo exiliado de la luz entre lo blanco, “hasta el rojo y negro del pecado de Adán.” Diáspora eterna de todas las culturas del hombre, aun lo blanco, no obstante su inocencia. Porque la culpa habita en su pupila desde la misma madrugada de la partida al “crepúsculo incendiado en la soledad de Itaca.” Ahora el poeta, cuervo desplazado del bosque de la lluvia de plata, es un intruso, un advenedizo en su propio jardín. ¿Quién arrancó su flor, quién su milagro?

Andrés Matías es, al lado de Hellman Pardo, uno de los más altos nombres en la reciente poesía colombiana, y al decir de su editora Marion Barcia Zubillaga, una de las voces más importantes de la nueva poesía hispanoamericana. Celebro este libro esencial que restaura la trinidad de la alta palabra: El silencio. El blanco. La luz.

domingo, 1 de noviembre de 2009


LA TENTACIÓN INCONCLUSA DE HELLMAN PARDO

Por: Hernando Guerra Tovar



Un sentimiento místico habita este libro de Hellman Pardo (Bogotá, Colombia, 1978). Oscura religiosidad que deslumbra y convoca la esencia espiritual del hombre, la certeza de la ilusión más perversa, “El no tiempo”. Lúcido clamor de quien elige el mundo en la disyuntiva de una eternidad que abruma: “No hay ramas no hay ramas de donde sostenerse / No tiempo.” Grito de quien prefiere asirse de la tierra, en el desesperado intento de evitar la caída en la trascendencia.

Como toda tentación deriva de la primera, corresponde preguntarse: ¿se consumó o no el pensamiento de separación, “la tentación de Eva” y con ésta el pecado y la gran culpa? El destello que formula Hellman Pardo en La tentación inconclusa (Colección los conjurados, Editorial Común presencia, 2008) es tal, que su dilucidación Heiddegeriana comporta el desmonte o consolidación de esas dos imágenes, conceptos significativos (dogmas) en la historia de la humanidad cristiana. Aquí el lector debe ir atento –toda poesía crítica reclama ésta actitud - , con sumo cuidado, con pies de plomo, con ojos de águila o de gato, porque de la lectura que haga depende la respuesta, y de ésta su paz o su desdicha, su muerte o su resurrección: “No falta el que se muere de ansias / el que se muerde la lengua / en tentación inconclusa”.

“Y puesto que la interpretación no es sino la posibilidad del error, al pretender que cierto grado de ceguera forma parte de la especificidad de toda literatura, reafirmamos también que la interpretación forma parte del texto, y éste de la interpretación” : congruencia o incongruencia entre el decir poético del autor y la percepción del lector, exigida por Hellman Pardo, al presentarnos un libro que, además de su alta factura lírica, incurre en una lúcida visión crítica del hombre y su entorno, y que lo ubica, al lado de Andrés Matías (Armenia, 1978), entre las más significativas voces de la reciente poesía colombiana.

La secuencia del libro, tanto en la forma, el contenido y la estructura conceptual, edifica un universo que se vale de la humanización de las cosas y del hombre, para sostener su iluminado propósito. Encontramos entonces un epígrafe, que reza:”La tentación de no ser lo que somos, / humanos inhumanos en el abismo del mundo”. Se abren así las puertas de sus apartados: “La humanidad de las cosas”, “La humanidad de ellas”, “Mi propia humanidad”, “Humanos inhumanos”, y, “El hombre”, que al decir de Amparo Inés Osorio, su prologuista, es la cúspide poética de este bello libro, ilustrado por el artista plástico Juan Diego Guzmán Tafur (Neiva, Colombia, 1974).

Mientras la ventana “conjetura un paisaje afuera”, nosotros miramos la ilusión, proyectamos nuestra tiniebla interior. Igual sucede ante el espejo: “Ante ti soy aquel que nunca he sido, / el hombre ciego que hace poco contempló la tierra / y que al partir se deshizo entre sus pieles”. El poeta advierte, en “La humanidad de las cosas”, la diferencia que existe entre la mirada limpia de éstas y la nuestra, contaminada de pensamientos falsos de separación. El tiempo no sólo transcurre “a lento tic-tac”, censura el mundo, y le hace decir al poeta en “La calle”: “- No te afanes, estoy de paso”. El tiempo con sus múltiples rostros: “El otoño”, “El invierno”, “la evocación”, “la muerte” Todo aquí está ligado a su poder irreductible, al sentirse pasajero de un sueño llamado vida, con sus paisajes, evocaciones, instantes, llantos, ciudades y objetos. En “La humanidad de ellas”, la terrible ilusión del tiempo y el espacio enfrenta al poeta y lo pone al borde del abismo: “Lejos, al borde de la furia / donde cabe un precipicio entero, / sin distancia”. (Múnich).

Tal vez el apartado más profundo, el de más hondo sentir sea “Mi propia humanidad”. Aquí el autor se enfrenta a su propio ser, a su dolor de luz, a la duda de su propia humanidad. La introspección constituye un inventario desde la sombra, una “Meditación nocturna” una “luz solar”, un “Oleaje”: “Para qué callar entonces / tanto amor a la deriva, / tanto río”; un “Partir al sur”, un “Camino interior” sin hombre bajo el viento del alba, desolado en el mar de la nada, frenético cuando la mano tiembla en eterna “Búsqueda”: “Vosotros, los que en una gruta te recostáis / de cansancio / Y templáis las piernas como anhelando sueño / Y llegado el viento / Os recogéis como niños en el abdomen, / ¿Sabéis hasta cuando dejará de doler?

En “Humanos inhumanos” el poeta nos refiere un “Mundo consumado” en el ser profundo del hombre: “Amar el mundo que llega con sus olas / y nos encalla al relámpago de la vida”. Es la aceptación hecha palabra. La declaración del vértigo. La conciencia de un hecho irremediable:”Temblar de frío cuando la lluvia desluce / este cuerpo que cargamos con nosotros / sin poder cambiar de forma, como el humo…” Algo inmutable habita en el ser que difiere del cuerpo. Encontramos en este bello poema una inquietud metafísica, que se desdobla o se enmascara, en ambigüedad lenta, ensimismada, en una suerte de paradoja poética, que se hace cara al lector, en sus ondulaciones de certeza y duda: “Amanecer a orillas de un río tranquilo / bajo la luz desnuda del poniente y desnudos / como cuando éramos simples animales / mirando sin deseo a la propia especie / y aún creyendo en el paraíso”: y el tiempo, el tiempo inexorable , el “desquiciado paso de los años”, principal invitado de este poemario, con su huella intacta, con su hambre de sueño, con la sombra que trasluce, con el juicio “De tanta infancia soportada”, que hace exclamar al poeta: “Ahora somos losas sucias y sepelios y lágrimas”.

En el último apartado, “El hombre”, el lenguaje adquiere una dimensión cifrada, acaso necesaria para la presentación de un decir poético que enmarca la verdad tantos siglos oculta, y que ahora se revela como luciérnaga en la tiniebla de un mundo silvestre repleto de silencio. Cambian el tono y la forma, la disposición de los versos se hace horizontal, intercalada, pero el tema no sólo se conserva sino que se hace recurrente, sobre todo en lo que concierne al tiempo o al “No tiempo”. La nada irrumpe aquí con su vacío, con su hueco colmado, en donde la palabra es una mosca en la ausencia, en la pregunta: “A dónde irá la palabra como la mosca / a colgarse”. Imágenes surrealistas tiñen de luto esta palabra, que a veces plantea una lúdica, un mecerse, un vaivén de forma y contenido, el hombre sin la esencia, el sin nada, latencia de la muerte: “Te lo pido sin súplicas y sin cuerpo en la sangre: no tiempo, no te mueras”.

jueves, 2 de julio de 2009

Emprender la noche, de José Zuleta


Por Hernando Guerra Tovar

José Zuleta Ortiz (Bogotá, 1960), nos muestra en su poética mundos diferentes, que sin embargo han estado ahí, al alcance de nuestros sentidos, de nuestra mirada, acaso empañada por otras urgencias, otros apetitos. Lejanos territorios de la cotidianidad más inmediata. Objetos cercanos, teñidos de una voluptuosidad desconocida, colmados de belleza nueva; distinto rostro del entorno familiar, paisaje inadvertido hecho presencia.

Asistimos en esta poesía a un itinerario por el envés de las cosas, el otro lado de los usos y costumbres, el redescubrimiento de regiones externas e internas del hombre, en su discurrir por la tierra que le es propia o ajena, según nuestra percepción, de acuerdo al lado y al lente desde el que lo abordemos. El verbo, limpio de los sedimentos de siglos de uso, desuso y maltrato, muestra ahora su identidad primigenia, intacta. La Antología Emprender la noche (Colección Los Conjurados, Común Presencia, 2008) es así, poéticamente, un llamado del autor para que busquemos en el sueño la vigilia de nuestros actos, del entorno, los motivos que habitan más allá de la apariencia, la verdad oculta, el fin y el propósito que impulsa todo acto, todo hecho, toda circunstancia.

Desde siempre el poeta se ha caracterizado por su condición de vidente, por el desarrollo de su capacidad de intuición, de la percepción atenta o verdadera, que linda en la sabiduría, en el conocimiento. Ortiz Zuleta asume en su palabra dicho propósito, en un lenguaje sencillo, alejado de cualquier posibilidad de estridencia o de retorica. A contario sensu, lo hace de una manera natural, como bien lo anuncia el también poeta y escritor Elkin Restrepo: “Por un don inestimable, a José Zuleta se le ha permitido hacer propia la magia natural de las cosas, sin artificios, ni retóricas intelectuales, que es lo que suele suceder entre nosotros” (…) Nos entrega así, “sus poemas claros, sensuales, espléndidos, aferrados a pequeños rituales y percepciones repentinas...” Miraremos, pues, con el lector, libro por libro, el contenido de esta obra, de un autor que se destaca como una de las voces originales, auténticas, de la poesía de su generación en Colombia:

“Las alas del súbdito” (Primer Premio Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos, Riosucio Caldas, 2002), constituye un recorrido por la sencillez, por la elementalidad de la vida. La paradoja de lo cotidiano enaltece el milagro del ser, en lo rural, en lo urbano. En el silencio. En el barullo. Las discretas costumbres de una región de belleza y riqueza invaluables, ignoradas por un Estado ciego y sordo, se vindican en este libro, que nos recuerda en un viaje por río a través de la selva, las contingencias del árbol que en su mágica presencia, cobra aquí sentido estético más allá de la posibilidad ética: “…se respira el agua…la balsa avanza. / Chaquiro, Sajo, Amarillo, Cedro, Tangare, / Comino, Flor Morado y Chanúl. / Tantos años erguidos; como casa de pájaros, / camino de ardillas, trapecio de micos, / sombras de orquídeas, / filtros de luz…” (Bocas de Satinga).
Y el contraste urbano lo aporta el anodino personaje “pregonero de abalorios, de ilusiones”, que después de una faena extenuante por la ciudad, como “súbdito de riquezas anónimas / (que) vende para pagar facturas ajenas. (…), llega por fin a su colina amada y “feliz: sabe que en algún lugar / de la estancia están esperándole las alas… / ahora podrá volar lejos del reino, lejos del vocerío, / y verá / desde lo alto el mundo, y hasta podrá quererlo. (Las alas del súbdito). Paisaje rural y urbano de un uni-verso que se redescubre en su contraste de oscura desidia, ante la aceptación de una alienación sin límite, en la dura modernidad que nos constriñe.

En “La línea de menta” (Colección Escala de Jacob, Universidad del Valle, 2005), la lúdica de los sentidos hace del fruto un festejo:”Avanzo por la tierra y sus fragancias, / siento las caderas dulces de los mangos, / los cascos cosidos con hilos blancos / en el costurero del mandarino. (…) El erotismo sutil de la palabra deriva en el entretanto del ocio que brinda la siesta, “el menú” del cuerpo hecho manjar del deseo: “Después de la prisa / de las prendas cayendo, / mariposas urgentes vuelan tu pecho”. Todo aquí convida al descanso, al solaz, a la contemplación de un mundo detenido en la pereza. Salvo el texto que nomina al poemario, la agenda del poeta y del poema es insustancial: “Viviría soñando…/ vagaría en duermevela / por libros claros, / por películas, / por cuadros rojos y amarillos, / por recetas perfumadas de hierbas. Sin embargo, entre esta despreocupación cercana al hedonismo, hay un lugar para recordar la tragedia del Raúl Gómez Jattin, su viaje intempestivo al encuentro con su progenitora. Y hay lugar, asimismo, a la trascendencia, a la mirada hecha visión, cuando Zuleta Ortiz observa el río del tiempo entre la lluvia, como en un prisma, en su recorrido por la exaltación de la fruta, para llegar a esta imagen bella y exultante: “sigo / ahora llueve / miro al fondo la montaña oscura / veo un río, / es una línea de menta que desciende.”

Tal vez la festiva despreocupación del libro que antecede haya sido necesaria en la arquitectura de la poética, de la secuencia lógica o arbitraria de la antología, hasta llegar a “Música para desplazados” (Premio Nacional de Poesía, Casa de Poesía Silva, 2003) en donde la convocatoria hecha bajo la irónica consigna “descanse en paz la guerra”, confronta la dolorosa “realidad” de una nación que se debate entre la insensatez de la violencia y la belleza inocua del poema. La dura pregunta de Höelderlin tiene respuesta en este poemario, cuando José Zuleta Ortiz consigna el hecho simple de un activismo cívico, fundado en la palabra, alejado del ataque, como corresponde al ser inteligente que no ignora las verdaderas “razones” del flagelo, del maridaje de una aristocracia rancia y corrupta, postrada, genuflexa ante poderes del “otro lado” del mar y del sueño. Entonces todo fluye y confluye. El río no sólo lleva muertos, lleva también la vida con destino al hombre citadino. No sólo lleva el cadáver del árbol milenario, transporta así mismo el alimento, es decir la paz, porque la paz, amigo lector, comienza en el estomago.

“En el andén de la Galería Alameda”, el poeta describe la atroz intermediación en el comercio de los frutos, el destino final de “tantas semanas de paciente labranza, (…). Este poema, bello en su singular desgarramiento, canta una “realidad” que se nutre de la indiferencia de quienes fungen un poder oscuro, de intereses mezquinos, podridos como aquellos frutos que no resisten los embates del clima, y la displicencia del sistema: “Derrotados en la guerra del andén, / sin los encargos de los hijos, / ni el corte de género para ella, / ni la funda nueva del machete, / suben al techo del bus de escalera, / para volver al monte azul donde / la vida es una guerra perdida.”

El campo, representado en los objetos de labranza, exhibidos en su belleza intacta, “En el almacén agrícola”, en “La siesta azul de las herramientas”. Los olores, la fragancia de un pueblo honesto, trabajador. Y “El expreso del sol”: evocación poética, con el sutil llamado, con la propuesta implícita: “Un tren haría todo más fácil.” Quienes tuvimos la fortuna de viajar en este legendario “expreso”, entre La Dorada y Santa Marta, sabemos de un país bello, que no sólo se viste del paisaje de la guerra: “También están los ríos y los puentes, / los peñascos, los túneles, / el mar, la carga y el muelle ferroviario / estás tú allá y yo aquí, / sólo falta el tren para rodar por la escalera dormida, para mirar por la ventanilla la fuga de los árboles (…). Los mismos árboles del bello poema, donde confluyen todos los milagros: la lluvia, el pájaro, el nido, “el peregrino en su sombra”, “el agua en la savia certeza de su sangre”. El árbol de la intemperie, de la noche, del frío, del rayo, de la tormenta. El árbol en el que “el fruto se tiñe de colores maduros”. Ah, los Árboles: en el silencio de su serena majestad habita un canto”.

“Mirar otro mar”, (Hombre nuevo Editores, 2006), es la celebración del goce por la vida. “Rueda sin rumbo la noche…” La alegría como motivo poético. Un delicioso erotismo recorre estos poemas. La mujer y la gastronomía se mezclan en una receta, en donde la comida de mar, las frutas y los aderezos, extienden por la página olores, sabores, exquisiteces; alcoholes en infinitas rondas de roces, risas, alas. Los nombres de los poemas hablan por sí solos: “Hambre”, “Otra ronda”, “La mujer de enfrente”, “Lo de la vecina”, “Cantar dentro de ti”, “Una cerveza en la Habana”, “Seducción”, “3 A.M.” “5.30 A.M.” “Como los ángeles”, “Placer glaciar”, “Motel Santa Bárbara”, “Tinta Roja”, “Intensidad”, “A la intemperie” “Insectos”“Visita conyugal”, “Apetitos varios”.

Sí, los títulos de los textos hablan por ellos mismos. Mas, he ahí uno de los encantos de este libro. El poeta sabe de la predisposición del lector. Algo así como una intuición psicológica. Lo cierto es que al abrir el poema, al asumirlo, nos damos cuenta del subterfugio estilístico: en “Hambre” hay un pre-texto culinario, una rica preparación de pescado con los ingredientes de la mejor cocina, que activan las papilas del gusto, para concluir con el siguiente verso, no exento de humor y coquetería: “sólo tú me apeteces”. En “Lo de la vecina” el asunto se resuelve en que hay un árbol que todas las noches, generosamente, deja caer sus frutos de piel roja y carne amarilla, sobre el prado de la vecina. Sólo basta “inclinarse y tomar en la mano la paz de la fruta”. “Cantar dentro de ti”, es otro ejemplo de cómo el autor se apropia del alcance semántico de la fruta, su magia, su deleite, para trasladarlo a la escena erótica: “Lo mejor de ti son tus silencios: / espera de mango, / distancia de naranja, (…) “Ver tus manjares intactos”, / tu hambre, (…) El poema “3 A.M.”, es un juego en el que el poeta compara un electrodoméstico con el ser deseado: “cruzo el umbral… / entreveo su blanca presencia, deseo entrar en ella, / sentir sus aromas, guío palpando mi mano hasta el secreto, (…) Al final de este insomnio sugerente, el poeta, ya de nuevo en la cama, se pregunta si habrá dejado la puerta abierta.

Hay una segunda parte de “Mirar otro mar”, en la que el poeta vuelve la mirada hacia la región del pacífico. Poemas como “Tumaco”,” “Mulatos”, “Boceto con pelícanos”, “En el alto Atrato” “Ensenada de Utría”, “Bajo San Juan”, “Bahía Solano”, “Isaura vuelve a casa”, acaso sustentan el título del poemario en tanto constituyen un intento del poeta por rescatar esta rica región, saqueada a la par que ignorada por siglos: “Abarcos, Natos, Zapanes, / Caobos y Chaquiros / abatidos. (…) (Bajo San Juan); “En el caney y el bulevar / marineros rojos bailan con negras de colores” (Isaura vuelve a casa).Es una denuncia de la sobreexplotación de los recursos y de la indiferencia de un Estado centralista, indolente, corrupto. Es asimismo la exaltación de una raza que vive en la alegría de sus raíces, de sus rituales, de la danza traída de África, y de la poesía que crece silvestre en su bella y vasta geografía: “Leve como la fragancia del agua. / Nueva, como el aire en la sangre. / El hombre de los instantes, supo: / la belleza es fuego que llama, / es la hoja que vibra en el bosque”. (Epitalamio).

El último libro de esta Antología, que contiene la obra poética hasta ahora publicada por José Zuleta Ortiz, “Las manos de la noche”, segundo premio en el concurso internacional de Poesía de la Universidad San Buenaventura en 2007, contiene ocho textos, como anticipo de la publicación del libro por parte de la Universidad Nacional de Bogotá, en la Colección Viernes de Poesía que impulsa el profesor Fabio Jurado Valencia, cuya presentación se hizo el pasado 19 de marzo de este año, en el marco del día Mundial de la Poesía que convocan y organizan cada año Común Presencia Editores y el periódico virtual Con-fabulación, poemas que mantienen la unidad temática y de tono del contexto de la obra del autor aquí reseñada: “Hace años / las ardillas viajaban / de la costa atlántica / a la costa pacífica, / de rama en rama / sin bajar al suelo. / Era cuando los árboles estaban tomados de las manos / jugando a la ronda de los bosques. (Tomados de la mano)
“Emprender la noche”, un acierto estético. José Zuleta Ortiz, “cazador de instantes”, una voz diferente que refresca la poética colombiana, a la vez que indaga y señala otras regiones de la geografía y del pensamiento; derroteros preferibles, más humanos, para la tierra, el hombre y su palabra. Otra mirada, otro mar, otras posibilidades en un país en donde la ceguera y el autismo de la dirigencia, constituyen el “Padre nuestro” de cada día.

lunes, 13 de abril de 2009

Las 101 mejores películas de la historia

Gran encuesta de Con-Fabulación entre 2.120 artistas, intelectuales

y cinéfilos del mundo



1. Tiempos Modernos (Charles Chaplin): 317 votos

2. Ciudadano Kane (Orson Welles): 298

3. Ladrón de bicicletas (Vitorio De Sica): 255

4. Ocho y medio (Federico Fellini): 227

5. Novecento (Bernardo Bertolucci): 208

6. El acorazado Potemkin (Serguei Eisenstein): 206

7. La naranja mecánica (Stanley Kubrick): 199

8. Séptimo sello (Ingmar Bergman): 195

9. Quimera del oro (Charles Chaplin): 189

10. 2001, Odisea del espacio (Stanley Kubrick): 184

11. Blade runner (Ridley Scott): 181

12. Rashomon (Akira Kurosawa): 172

13. Los 400 golpes (François Truffaut): 164

14. El Fantasma de la libertad (Luis Buñuel): 157

15. El Padrino (Francis Ford Coppola): 152

16. Casablanca (Michael Curtiz): 151

17. El pasajero (Michelangelo Antonioni): 146

18. La Strada (Federico Fellini): 141

19. El último tango en París (Bernardo Bertolucci): 138

20. Fresas salvajes (Ingmar Bergman): 136

21. Psicosis (Alfred Hitchcock): 131

22. Solaris (Andrei Tarkovski): 122

23. Érase una vez en América (Sergio Leone): 119

24. Gritos y susurros (Ingmar Bergman): 118

25. Los pájaros (Alfred Hitchcock): 114

26. Blow up (Michelangelo Antonioni): 113

27. Metrópolis (Fritz Lang): 110

28. El inquilino (Roman Polanski): 109

29. Aguirre la ira de dios (Werner Herzog): 108

30. Teorema (Pier Paolo Pasolini): 108

31. Sin aliento (Jean Luc Godard): 107

32. Los infantes del paraíso (Marcel Carné): 106

33. Portero de noche (Liliana Cavani): 105

34. Trilogía de los colores (Krzysztof Kieslowski): 105

35. Midnight Cowboy (John Schelsinger): 104

36. El discreto encanto de la burguesía (Luis Buñuel): 103

37. Trilogía de Apu (Satyajit Ray): 102

38. Ordet: La palabra (Carl Dreyer): 102

39. Gatopardo (Luchino Visconti): 101

40. Nosferatu (F.W. Murnau): 101

41. La pared (Alan Parker): 101

42. Amarcord (Federico Fellini): 100

43. Luces de la ciudad (Charles Chaplin): 99

44. El imperio de los sentidos (Nagisa Oshima): 98

45. El ángel exterminador (Luis Buñuel): 98

46. La luna (Bernardo Bertolucci): 97

47. La gran ilusión (Renoir): 96

48. Los duelistas (Ridley Scott): 95

49. Machuca (Andrés Wood): 94

50. Betty Blue (Jean Jacques Beineix): 94

51. Roma, ciudad abierta (Roberto Rosellini): 93

52. El baile (Ettore Scola): 93

53. La vida es bella (Roberto Benigni): 92

54. Fitzcarraldo (Werner Herzog): 90

55. Cantando bajo la lluvia (Donen y Kelly): 90

56. Pulp Fiction (Quentin Tarantino): 89

57. Lo que el viento se llevó (Víctor Fleming): 88

58. Manhattan (Woody Allen): 87

59. Crash (David Cronenberg): 86

60. Apocalypse now (Francis Ford Coppola): 85

61. Sunset Boulevard (Billy Wilder): 84

62. Intolerancia (David Griffith): 83

63. Mago de Oz (Víctor Fleming): 82

64. If (Lindsay Anderson): 81

65. Ser o no ser (Ernst Lubitsch): 80

66. Siete bellezas (Lina Wertmüller): 79

67. Los rapaces (Erich Von Stroheim): 78

68. Brazil (Terry Gilliam): 78

69. La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda): 78

70. Sur (Fernando Solanas): 77

71. Hombre muerto (Jim Jarmush): 76

72. El año pasado en Marienbad (Alain Resnais): 75

73. El Decamerón (Pier Paolo Pasolini): 74

74. La diligencia (John Ford): 74

75. El ansia (Tony Scott): 73

76. Con faldas y a lo loco (Wilder) 72

77. El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene): 71

78. Trenes rigurosamente vigilados (Jiri Menzel): 71

79. El sirviente (Joseph Losey): 70

80. Kagemusha (Akira Kurosawa): 69

81. El matrimonio de María Braun (Rainer W. Fasbinder): 68

82. La mirada de Ulises (Theo Angelopoulos): 68

83. El navegante (Buster Keaton): 67

84. Heavy metal (Gerald Potterton): 66

85. La lista de Schindler (Steven Spielberg): 65

86. Cuentos de Tokio (Yasujiro Ozu): 65

87. Pixote (Héctor Babenco): 65

88. Rompiendo las olas (Lars Von Trier): 64

89. El ángel azul (Josef Von Strenberg): 63

90. Ana y los lobos (Carlos Saura): 62

91. Salón Kitty (Tinto Brass): 61

92. El graduado (Mike Nichols): 61

93. La fiesta inolvidable (Blake Edwards): 60

94. El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff): 59

95. Gato Fritz (Ralph Bashki): 59

96. Perros de paja (Sam Peckinpah): 58

97. El show debe seguir (Bob Fosse): 57

98. Tan lejos, tan cerca (Wim Wenders): 56

99. Nido de ratas (Elia Kazan): 55

100. Lugar sin límites (Arturo Ripstein): 54

101. Cuentos de la luna pálida (Kenji Mizoguchi): 54





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